Cuando el destino así lo quiere

isabel1

 

Recuerdo que entramos las tres y vi como ese monitor le descendían los números hasta finalizar con un pito.

 

El siguiente texto es la opinión y responsabilidad del autor y no compromete la opinión y responsabilidad del medio aquiestamos.net

 

Era viernes y no comprendía nada, no asimilaba lo que pasaba, no sabía si era casualidad del destino que hizo que las cosas marcharan como debían de marchar. Me invadía la tristeza viendo a mi papá sentado solo y desolado en el pasillo del hospital. Me encontraba impotente y frustrada porque el viaje que habíamos planeado hace varios días mi mamá y yo para Bogotá tuvimos que cancelarlo porque mi papá estaba disgustado ya que no le comentamos nada, ni siquiera para avisarle que se iba a quedar solo todo un fin de semana. Estaba muy sentido con nosotras, por eso preferimos aplazarlo para no tener inconvenientes con él.

Hace 15 días mi tío se encontraba en cuidados intensivos en el Hospital San Vicente de Paúl, hospital aledaño a los servicios de urgencias de la Poli Clínica. Estaba allí porque un bus de Moravia lo había atropellado. Me acuerdo que solo fui un día a visitarlo porque no estoy acostumbrada a los hospitales, no me gusta el olor que tienen, no me agrada la sangre, ni tengo la valentía suficiente para ver a alguien que está sufriendo.

Cuando iba a ingresar estaba un poco nerviosa, entré, me puse la bata, me lavé las manos y fui a buscarlo. Estaba en una habitación llena de camillas en cada costado lo que formaban un pasillo. Casi no pude reconocerlo pero cuando me acerqué a él no pude contener mis lágrimas, era como ver a mi papá allá acostado. Mi tío no hablaba, no miraba y no se movía, estaba lleno de sondas en todas partes, me impresioné porque tenía una especie de pañal azul en el que se le veía el pene con una manguera transparente.

No fui capaz de tocarlo solo pude pronunciar con la voz entrecortada y con lágrimas en mis ojos “Tío alíviese rápido para que pueda estar con sus hijos”.

Salí aburrida, sin energías, traumada por el sonido del monitor de signos vitales, creo que jamás en mi vida olvidaré ese sonido. Sólo pensaba en mi papá y en mis dos primos, Valeria de dos años y Cristian de 9 que aunque estén muy pequeños ellos asimilan de una manera diferente que su papá de 36 años está inconsciente.

El viernes día del viaje a Bogotá ya tenía los tiquetes cancelados, estaba resignada. Pasé toda la tarde acostada y antes de que llegara mi papá me levanté al computador. Cuando llegó me supuse que quedó asombrado porque esperaba que la casa estuviera sola y no con nosotras, estaba apresurado porque habían llamado del hospital que fuéramos a ver a mi tío que estaba vomitando sangre.

Mi mamá y yo decidimos acompañarlo, la noche estaba un poco fría y las calles solas. Cuando cogimos el taxy pensé que lo más lógico era que se dirigiera al aeropuerto y no al hospital.
Ya estando en la entrada nos dirigimos al bloque 6, pasé por la sala de cuidados intensivos donde antes estaba mí tío, volví a escuchar ese sonido del monitor de signos vitales cuya sensación que me produce es de soledad, enfermedad y sufrimiento.

Todo se encontraba muy solo, cruzamos varias puertas, había enfermeras por todos lados, unas sentadas y otras dando ronda. Hasta que llegamos ahí, a la habitación 209 A, cuando entré lo encontré totalmente irreconocible, más delgado, pálido, la mirada totalmente perdida, estaba desesperado porque le habían puesto un respirador artificial y a pesar de que no dimensionaba en las condiciones en las que él mismo se encontraba el sudor en su cara y en todo el cuerpo demostraba las ganas que tenía de vivir, de levantarse e irse a luchar por su vida y la de sus dos hijos.

Mi papá no quiso entrar a verlo, se quedó a fuera de la habitación todo el tiempo. Mi tío tenía otra vez el monitor con ese sonido que me devastaba, yo solo trataba de consolar a su esposa la que siempre se mostró fuerte, y la que renunció a su trabajo por estar incondicionalmente para él.

A las 10 de la noche entraron varias enfermeras a verlo, no sé por qué cerraron la puerta con seguro, nosotros nos quedamos a fuera esperando. Cuando la abrieron una salió para decirle a la esposa que entrara a verlo, ella que llevaba varios días de trasnocho no escuchó, entonces se dirigió a mi mamá para decirle que entrara pues se estaba muriendo. En ese momento se me nubló todo, solo recuerdo que entramos las tres y vi como ese monitor le descendían los números hasta finalizar con un pito.

Lo desconectaron y le arrancaron todas las sondas que tenía como si fuera un muñeco, me impresionaba pensar cómo en un segundo cambian tantas y cosas y como el cuerpo deja de sentir y de vivir hasta llegar a su final. Mi tío parecía dormido, el llanto de su esposa era inconsolable me retumbaba en el oído cuando preguntaba por qué la había dejado sola con sus niños.
Salí para consolar a mi papá, me invadía la tristeza y la impotencia de verlo sentado solo y desolada en el piso con sus rodillas dobladas en el pasillo del hospital. El corazón se me partía, esa imagen quedará siempre en mis recuerdos.

Que perversa es la salud y la atención hospitalaria en nuestro país, dejan morir porque ya después de varios días el paciente está generando muchos gastos. Al fin y al cabo lo toman como un negocio. Yo no comprendía nada, no asimilaba lo que pasaba, no sabía si era casualidad del destino que hizo que las cosas marcharan como debían de marchar, que ese viaja a Bogotá no se debía realizar. Y que el fin de semana lo debía pasar en un velorio y no en otra ciudad.

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