El azúcar que se convirtió en sal

Mi corazón latía rápido. Temblaba. Miré hacia atrás. Se había venido el cerro. Veía humo.

 

El siguiente texto es la opinión y responsabilidad del autor y no compromete la opinión y responsabilidad del medio aquiestamos.net

 

Por: Aseneth Cañas

 

Azúcar

Era domingo. Las señoras preparaban almuerzos. Los señores tomaban guaro. Los pequeños comían torta. Se celebraban primeras comuniones.

El M-19 se posicionaba en la ciudad. Andaban por ahí. Se creían los dueños.

Ya había pasado el medio día. Hubo una explosión. Tan fuerte que aturdió. Yo estaba en una tienda. Más abajo de mi casa. Con el niño pequeño. El grande se quedó con el papá. Viendo el partido del Nacional contra el Medellín. Se vino un montón de tierra. Corrimos.

Hace poco fue la misa de conmemoración. Con placas conmemorativas. Con flores. Con lágrimas. Con recuerdos.
Mi corazón latía rápido. Temblaba. Miré hacia atrás. Se había venido el cerro. Veía humo.

No teníamos servicios públicos. La gente hizo una brecha que atravesaba el cerro. Por ahí llegaba el agua a las casas. Se empezó a filtrar. Se abrieron grietas. Se humedecieron los muros. Ese septiembre llovió mucho. Dicen que por eso ocurrió la catástrofe.

Mi hijo lloraba en mis brazos. Me devolví para la casa. Pero ya no había casas. Sólo tierra. También gritos. Disturbios. Desorden. Luego un silencio sepulcral.

Antes sentíamos pequeños deslizamientos. Pero creo que fue culpa del M-19. En una cueva de la montaña guardaban municiones. Eso fue lo que explotó. La dinamita.

Llegó la Cruz Roja. La policía. Los bomberos. Los grupos de rescate. Los scouts. Los periodistas a informar. Los ladrones a saquear. Todos tenían palas. Canecas. Miedo. Dolor. Desesperación.

Los evangélicos aseguraban que era un castigo de Dios. Un Dios que nos abandonó. Después de lo ocurrido hubo asesinatos. Balaceras. Extorsiones. Secuestros. Conflictos.

Yo gritaba. Llamaba a mi esposo. A mi hijo. Víctor no respondía. Danielito tampoco. Calculé en donde quedaba la casa. Pedí a un bombero que cavara allí. Que lo hiciera rápido. Antes que se ahogaran.

Nos llevaron a albergues temporales. Nos tocó en la escuela San Francisco de Asís. A otros en el Sor María. Al resto en Las Estancias. Juntos. Revueltos. Apeñuscados. Asustados. Desprotegidos.

Sacaban vivos. Muertos. Heridos. Los niños que festejaban estaban enterrados. Los hinchas que apostaban estaban desaparecidos.

A todos los reubicaron en barrios. En Enciso. En Sucre. En Manrique. En Belén. En Limonar. En Bello. Cerca al cementerio San Andrés. A otros por la feria del ganado.

Llegó la noche. La resignación. Mi familia no apareció. Al otro día tampoco. El martes desenterraron a Daniel. Mi niño adorado estaba frío. Tieso. Sucio. Muerto. Lo sacudí. Lo apreté. Lo lloré. Lo enterré de nuevo.

Los vecinos viejos no recibieron bien a los vecinos nuevos. Decían que robaban. Que eran viciosos. Arrastrados. Putas. Ladrones. Los pobres somos un problema.

A muchos rescataron. Menos a mi marido. Nunca apareció. Varios conocidos tampoco. Llegaron los alimentos. Los juguetes. Las medicinas. El censo para los damnificados. Las peleas. La gente se volvió más agresiva.

Yo me quedé de arrimada en donde una amiga. Nos ayudó El Minuto de Dios. Varios se infiltraron en las ayudas. A otros los sacaron por chismes. Algunos no volvieron. Bastantes regresaron.

Ya no podía sembrar matas de plátano. Monté una fábrica de arepas. Mi hijo Andrés me dio fuerza. Esperanza. Valor.

Decenas de jóvenes quedaron huérfanos. Uno que otro ingresó a grupos ilegales. Como los de Pablo Escobar.
Dos años después taparon la quebrada La Loca. Hicieron una cancha. Las vías. Las guarderías. El restaurante comunitario. El centro de salud. El alcantarillado. Antes de la tragedia parecía que no existíamos.

El barrio nació en los años 40. Era pirata. Estaba lleno de árboles. Nadie habló de zona de alto riesgo. Todos lo suponíamos. Hoy es campo santo.

Ahora se repiten calculadas cifras. Una masa de tierra de 30 mil metros cúbicos. Dos mil damnificados. 500 muertos. Cien viviendas destruidas. Está entre los diez desastres urbanos más importantes del mundo.

El cerro Pan de Azúcar se vino abajo. Hace veintipico de años. Villatina pasó de ser un barrio a un valle de lágrimas. Hace mucho no vivo allá. Yo. Fanny Monsalve. No volveré jamás.

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