El rebusque de Juan cerca a la estación Hospital

acostumbrado se devuelve a casa con un hambre que supera el cansancio pero con la satisfacción de saber que su hija lo espera

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Por: Natalie Cuervo Pérez

 

Medellín con cientos de parques y rutas, esconde con indiferencia la vida de muchos desempleados; personas que luchan día a día para lograr sobrevivir en esta jungla, desconozco el número de vendedores ambulantes que alberga esta hermosa ciudad pero si sé que hay muchos y uno de ellos es Juan.

Arriba de Policlínica, cerca de la estación Hospital del metro, se encuentran infinidad de vendedores ambulantes, está el vendedor de minutos, algunos venden en sus puestos con techo en carretilla, otros en un pedazo de tela, permanecen todo el día rebuscando su sustento diario. No todos los trabajadores ambulantes trabajan con licencia o protección legal. “La cosa está dura ya muy poco hace uno acá, se pone uno a mirarse la cara con los otros y si trata uno de vender algo hay mismo llega espacio público y se lo lleva”, fueron las primeras palabras de mi conversación con Juan, lleva 44 años trabajando como vendedor ambulante.

Llega muy temprano a organizar su puesto, con cada mango que pela imagina cómo será su día si hace sol o llueve, no tarda más de 11 minutos en acomodar sus cosas. En la mañana lo que más vende es tinto y café y en el trascurso del día cigarrillos, dulces, mentas y muchos más productos que son el sostén de él y su hija. Las ventas diarias no son altas pero la suma debe alcanzar para cubrir los gastos diarios de alimentación transporte y arriendo.

Como si ya todo estuviese planeado por el destino, como si fuese lo más natural del mundo, como si siempre hubiese conocido a aquel hombre o hubiese vivido aquel momento en sueños y lo estuviera viviendo en realidad, tomó una silla y me la entregó, él recogió unas cascaras de limón las arrojó en la caneca de la basura y pasó su trapo rojo sobre la superficie del lugar donde pone sus mangos. “No es la primera vez que pasa por aquí”, dijo el señor de apellido López y seguí escuchando con mucha atención su conversación. Encendió el cigarrillo de un cliente y volvió hacia mi lado, ya era medio día, sacó su almuerzo y el pito de un bus nos interrumpió, cogió un periódico y una menta, cruzó la calle, entregó el par de cosas y con una exhalación de humo contó las monedas que acababa de ganar.

Tras reacomodar sus cosas una vez más, lee un salmo que aparece detrás de la imagen de la virgen que guarda en su billetera: “Que tu mirada y tu bendición estén siempre conmigo no me desampares madre mía. Amen”. Juan es creyente de Dios, esa manía que tiene de agradecérselo todo: “Gracias a Dios, si Dios quiere, yo le pido mucho a Dios, tengo la fe en Dios”, ¿Será acaso su Dios quien lo marcó desde su nacimiento con la pobreza y lo condenó a padecerla hasta la vejez?

Apegado a la única labor que aprendió, espera que el metro descargue personas de sus vagones y tal vez, tenga más oportunidad de vender. Me detuve a mirarlo con curiosidad, es un anciano común y corriente, muy bajo de estatura, algo encorvado con un caminar muy lento, de seguro es para disimular su cojera, lleva una camisa de rayas, encima un chaleco del periódico El Espectador, su barriga grande, su cabello cubierto de canas y su piel reseca, dientes en regular estado.

El protagonista de esta historia, se hizo vendedor a los 14 años cuando acompañaba a su tío a trabajar, no quiso hablar de la ausencia de sus padres cuando era niño, solo me dijo que la última vez que los vio fue hace ya mucho tiempo, vive en el barrio Carpinelo entre matorrales de monte.

“Mi sueño es tener mi niña especial en un buen colegio para que el día de mañana cuando yo no esté en este mundo ella tenga con que defenderse, ese es mi sueño, un colegio para esa niña y esa es mi lucha y seguiré luchando hasta que Dios me tenga con vida, bendito sea mi Dios yo no tengo con que pagarle a mi señor la fortaleza que me da para salir a trabajar todos los días” afirmó Juan, y entonces, justo en ese momento pensé que algo anda muy mal en la sociedad y ese algo no tiene nada que ver con la contaminación a la capa de ozono, ni la extinción de algunos animales, ni la situación en los tribunales del caso Colmenares, ni de la mala fama que tiene la presidencia de Venezuela; Era exactamente, la poca plata que gana para cubrir tantas obligaciones, él no estaba allí para salvar a la humanidad o para aumentar su cuenta corriente, estaba allí para sobrevivir.

Solo tiene que aguantar esta rutina por muchos años más, esperar que muchas personas bajen del metro, pelar mangos, vender, devolver, las gracias, inhalar el humo de los carros, dando respuestas de direcciones, orando en las noches a su Dios para que a su hija nunca le falte un plato de comida y una cama. A lo largo de la jornada saluda decenas de personas como transeúntes, conductores, panaderos, vigilantes, estudiantes. Ya eran más de las 7 de la noche, comenzó a desamarrar su puesto, a guardar sus cosas y recogió las basuras que quedaron a su alrededor después del día. Me despidió con un estrechón de manos y un Dios la bendiga, luego, comenzó a alejarse lentamente con su paso desequilibrado, acostumbrado se devuelve a casa con un hambre que supera el cansancio pero con la satisfacción de saber que su hija lo espera.

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