La carreta encarretadora de Martín Murillo

“Los libros son como la comida lo que a unos gusta a otros no” dijo el quibdoseño. Él escribe poco pues dice que no puede cobrar un penalti y taparlo al mismo tiempo.

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Por: Aseneth Cañas

 

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Hay fiestas de cumpleaños, de bodas, de quinceañeras, de disfraces, de soltero, de fin de año, patronales, infantiles, religiosas, privadas, navideñas y hasta de sombreros; sin dejar de mencionar las fiestas de las Corralejas en Sincelejo, la de La Candelaria en Cartagena, la de San Pedro en Espinal, la de Natagaima en Tolima, la Del Mar en Santa Marta, la del Petróleo en Barrancabermeja, la de la Agricultura en Palmira, la de Velas y Faroles en Quimbaya y hasta Las Fiestas Folclóricas y de la Panela en Santander, y la del Libro en Medellín.

El Jardín Botánico fue la sede de esta última, con varias consignas a su entrada como: La vida se lee, se canta y encanta, se escribe, se educa, se construye y se cuida.

Luego de pasar por el vivero, la estación del tren, el árbol abuelo, el bosque tropical, el jardín de las palmas y del desierto, el parque de los carboneros, el salón Linneo, el Mutis, el Estanislao Zuleta y el Humboldt, me mezclé sin querer queriendo con la crema y nata en el restaurante In Situ. Comiendo una sopa de diez mil pesos, acostumbrada a tomar la de dos mil en la universidad, observé allí a Walter Riso, a Alonso Salazar, a Salcedo Ramos, a Carlos Álvarez y a Brigitte Baptiste.

Sin el ánimo de entrevistar a alguien que quería promocionar su último libro, fui en busca de una historia de pueblo o de calle, o más bien de alguien común y corriente pero no menos importante y encontré al antes encontrado por el periodista Juan Gossaín.

El año pasado, en el periódico El Tiempo, mi columnista favorito de San Bernardo del Viento, narró la historia de un hombre que arrastraba una carreta llena de libros y en la foto ambos estaban acompañados del ex presidente Belisario Betancur. Días después, en El Colombiano, mi cronista favorito Alberto Salcedo Ramos, dedicó su columna al mismo personaje.

Allí estaba, en el jardín, casi en la entrada, el protagonista de esas historias, Martín Roberto Murillo Gómez, el director de La Carreta Literaria de Cartagena de Indias y de casi toda Colombia, pues ha recorrido con su carreta de madera desarmable casi todas las ciudades de la Región Caribe y los 47 municipios de Bolívar, aunque también se ha internacionalizado por las recientes visitas a la tierra del tango, a la de Chávez, la de Chespirito y a la de las garotas.
Nació hace 45 años en Quibdó y dice ser la oveja negra de su familia, no por su raza, sino porque sus seis hermanos son profesionales mientras él no pasó de quinto de primaria luego de repetir tres veces el grado primero.
Lleva setenta y pico de meses con su autodidacta profesión de promotor de lectura y los mismos seis años chicaneando por ser el único proyecto de lectura en el mundo patrocinado por una oficina de un premio Nobel, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez. La idea se la dio solo la necesidad de volverse útil a la sociedad.

Las empresas patrocinadoras, todas privadas, porque ni el Estado ni el Ministerio de Cultura han donado un centavo, ponen mes a mes la plata que el mismo Martín no puede calcular pero la única que tal vez nunca olvidará será el primer millón de pesos regalados por Raimundo Angulo, sí, el presidente del Concurso Nacional de Belleza para la construcción de la carreta hecha por un tal Gerardo que se hechó a reír apenas escuchó la idea y que sin embargo tomó medidas acorde a los 55 kilos que pesaba Martín en aquel entonces.

La Carreta fue estrenada el 22 de mayo del 2007, con el único fin de prestar gratuitamente libros donados por personas metidas en la élite del poder y por escritores que buscan promocionar sus obras. La diferencia de la carreta con una biblioteca es que no hay que tramitar un carné, ni cumplir tiempos ni horarios, ya que su dueño se levanta incluso a las dos de la madrugada a satisfacer los deseos literarios de grandes y chicos.

Entre sus anécdotas recordó un encuentro en Hay Festival con Salman Rushdie, el escritor de versos satánicos quien lo mandó a sacar de una librería creyendo que era árabe por su inseparable gorro blanco. Tampoco olvida tener en frente 20 niños y en sus manos ocho libros para regalar y una niña le sugirió regalarlos por hermanitos. Con una leve sonrisa dijo: “este, este, este y este son hermanos; este, este y este son hermanos… y todos somos primos. Fíjate lo que es la unidad”.

Prestar libros, según él, es cuestión de confianza. Los libros que son prestados son devueltos, contrario a lo que pasó con una donación extranjera de cientos de libros que se robaron en el camino: “Con el robo me pasó lo del cuento de la isla desconocida de José Saramago, pues debía ir donde el secretario, del secretario del secretario, hasta que me cansé y no volví”, dijo Martín.

Murillo lee crónicas y clásicos, a Gabo, a Vargas Llosa, a Carlos Fuentes y muchos otros ya que no puede recomendar a la loca. “Los libros son como la comida lo que a unos gusta a otros no” dijo el quibdoseño. Él escribe poco pues dice que no puede cobrar un penalti y taparlo al mismo tiempo.

El dueño de La Carreta, piensa que está haciendo una consolidación para apoyar la educación y logró montar una empresa a partir de la palabra y la confianza, cree que la Fiesta del Libro es el mejor espacio en Colombia para promover la lectura y sueña con crear muchos centros de lectura en todo el país.

Me despidió con una frase: “En el leer está el saber”, y sencillamente me fui con la convicción de que las mejores historias no las cuentan las figuras públicas como políticos, actores y escritores sino aquellos que pasan sus vidas tratando de marcar diferencia.

Mi día de fiesta, terminó con el descreste de las estaciones del Parque Explora, pero ni las Moralejas Mayas, ni el Aladino Demente ni el Drácula Inmortal logró en mí la fascinación y el deslumbramiento que logró Martín Murillo y su encarretadora Carreta Literaria.

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