La Lagrimita que hace reír

Él es Juan, quien trabaja brindado sonrisas a todo tipo de personas sin importar los problemas que tenga

 

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Por: Nataly Cuervo

Juan Martín Mendoza el payaso que no todo el mundo conoce, ese de descascarados zapatones verdes, nació el 20 de abril de 1982 en un hospital público. Pasó quince días en la incubadora lleno de cables por haber nacido con desnutrición. Los años infantiles y adolescentes de “lagrimita” trascurrieron en medio de circos y gracias a su profesión ha tenido la oportunidad de viajar por distintas ciudades de Colombia. Su carrera como payaso comenzó a los 14 años de edad.

Su abuelo tenía amistad con muchos artistas de circo que pasaban por su taller de mecánica y reparación de bicicletas, su taller fue muy famoso en soldadura, cuando el circo se instalaba en la estación Caribe llevaban los hierros a reparar. “Cuando los artistas preguntaban por el precio de la reparación mi abuelo buena persona pero mal negociante siempre respondía lo mismo: Dejen así”, dijo el nieto orgulloso. “La reacción de los artistas siempre fue invitarnos a asistir a las funciones del circo gratis. De ahí comenzó mi gusto por los circos”, mencionó Mendoza mientras empacaba su equipaje para asistir a su función.

En cuanto a sus estudios fueron pocos y muy descoordinados: terminó su bachillerato en el Colegio Fe y Alegría del Barrio Moravia, y aunque tenía gran interés en continuar estudiando, su familia no contaba con los recursos para pagar una carrera, por lo que se dedicó a tomar cursos de dibujo y música que ofrece la alcaldía. Siempre ha tenido una afición por la fotografía, debido a que su abuelo le regaló, cuando salió del colegio, su primera cámara de rollo, cuando el circo visitaba su barrio, entraba a las funciones y comenzaba a fotografiar los espectáculos.

Cada vez hacía más amigos, hasta que Jorge, el dueño del circo, le propuso ayudar en su barrio anunciando con un altavoz los horarios del show, Juan aceptó y en ese tiempo se hizo muy buen amigo del dueño. Le mencionó en una de sus conversaciones que quería dedicarse a ser payaso, él se quedó mirándolo y hasta el día de hoy, Mendoza recuerda las palabras que le dijo: “Con este oficio no te harás millonario, pero si te alcanzará para poder comer, no basta con maquillarse o ponerse un disfraz de colores, es dejar salir el niño loco que tienes dentro sin importar el qué dirán”.

Su hogar quedaba en el “Zancudo”, nombre alusivo que hace Juan por las nubes de insectos que revoloteaban alrededor del barrio, sus 4 hermanos y madre vivían de arrimados donde su tía Teresa en una casa de tabla que se levantó en toneladas y toneladas de basuras con dos habitaciones y un patio lleno de chécheres, es fácil imaginar el morro de Moravia. De su infancia recuerda los ríos de agua que bajaban por las laderas del cerro, la gente trayendo tablas para construir, la maleza de los caminos y los malos olores que, con el tiempo, se volvieron algo normal , también recuerda el cultivo de ahuyama y su navidad más triste: “Yo estaba en la tienda jugando maquinitas y a mí me olía a quemado y bajé hasta la casa pero no era allí, cuando llegó mi hermano gritando que era en el rancho de doña Clara los vecinos corrimos a ayudar apagar el fuego con ollas de agua y sin darnos cuenta el fuego corrió por los demás ranchos”. Las casas de madera, cartón y zinc ardieron con rapidez y fue poco lo que pudieron rescatar, lo único que su familia logro sacar fue un televisor de perilla a blanco y negro y una grabadora.

Las deudas eran grandes y muchas, con la pobreza arraigada en su hogar esto le bastó para tomar la decisión de viajar con el circo de don Jorge. Así conoció a su compañero Mario Tabares, el contrapunto de Juan este era el clown de cara blanca el cual representaba la autoridad en el show, serio y poco amigo de bromas. Juan siempre arruinaba la acción que el clown de carablanca trata de hacer. Llegar tarde, o demasiado pronto. Su función era arruinar lo que su amigo de carablanca tratara de hacer. Juntos viajaron de pueblo en pueblo haciendo reír cientos de personas, fácilmente lograban formar parte de nuevos circos su show envolvía en forma inmediata a los cirqueros, quienes los contrataban gustosamente. “Ser payaso es cosa sería, y la gente no lo ve así. He tenido compañeros que se meten a esto porque no tienen trabajo o porque creen que es fácil, pero al final se dan cuenta que no lo es, tienen que aprender actuación, maquillaje, rutinas”, contó el artista. Tiene un olor sobrecogedor y una mirada penetrante que llama la atención muchísimo más que el color verde de sus ojos. Es una persona que sabe lo que quiere en la vida, y se esfuerza por conseguirlo, dando como resultado una personalidad fuerte e inteligente.

A las 8:00 pm

Su chaleco y pantalón son de color morado, con una playera de rayas y no pueden faltar sus zapatos verdes tan grandes como la incertidumbre que rodea su cabeza, su maquillaje es rojo y tierno, según él, para que su público se sienta más conectado con el aspecto amable que proyecta.

Cuando entra en escena, su familia y sus problemas que tenga pasan a segundo plano porque su único objetivo es lograr hacer reír a su público. Mientras transcurre su función el cansancio se hace presente, sus cabellos crespos ya se ven bañados de sudor.
La función ha terminado, es hora de marcharse a casa, no puede llegar más tarde, Juan irá a cuidar a su madre quien lleva 3 meses luchando contra un cáncer.

Esta es la vida detrás del rostro feliz y maquillado. Él es Juan, quien trabaja brindado sonrisas a todo tipo de personas sin importar los problemas que tenga. En su equipaje ha metido mucho de su vida y bastante de la de los otros a quienes ha conocido en los circos. No es muy joven, tampoco muy viejo. Pasará por muchos más obstáculos, necesita derramar mucho más sudor, muchos más espectáculos, muchas más capas de maquillaje para seguir luchando, porque esto es lo único a lo que se ha dedicado y lo que mejor sabe hacer.

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