La Muerte

No sabremos con claridad qué es la muerte hasta llegar a ella, pero por ahora sólo queda esquivarla en el diario vivir.

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Por: Katheryn Zulay Henao Rivera.

 

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Estoy muerta en vida, no hay remembranzas, no hay prestigio, no hay lujos, no hay poder. ¿Vida o muerte? Quizás humanamente no haya mucho que escoger, pues el tiempo y el destino son quienes deciden por ello. ¿Será una cuestión de creencia, rezos, hechicería o voluntad divina? No lo sé, pero de que hay muerte, la hay.

Provocada, inusual u oportunista, pero tarde o temprano llega. ¿Quién no le teme a ella? ¿Quién no ha pasado segundos de su vida vislumbrando el lecho de su muerte?
Temida por muchos y respetada por pocos. La más nombrada y menos remunerada. Trabaja horas extras y no le interesa el descanso. ¿Quién más justa que ella? … No discrimina, no pone “peros”, no juzga, se los lleva a todos: altos, bajos, flacos, gordos, blancos, negros, ricos, pobres, bonitos o feos, pero no deja ni uno.
Nadie conoce su aspecto, ha pasado invisible antes y después de Cristo, sólo se ha asociado con aquel color opaco y sin brillo que ha sido victimario de los más fuertes prejuicios. Es vista como la más absurda de las creaturas: intimidante, feroz y cruel.
No hay testigos de su procedencia, sólo se necesita estar con vida para esperar su llegada. Pero hay indicios de que no está sola. Existen intermediarios que le facilitan el trabajo, no se sabe si son contratados o si regalan sus horas. A ellos también se les teme, son más directos y se apropian de la “acción” con frialdad. No escuchan llanto, ni ceden al dolor.
¿Habrá vida después de la muerte? ó ¿la vida nunca llegó y estamos en la misma muerte?, ¿la muerte será un sueño eterno y estamos despiertos por un momento? … Según Epicuro de Samos, “la muerte es la privación de toda sensación. No sentimos absolutamente nada al morir. Pero, en cambio, en nuestra vida, todo bien y todo mal nacen de la sensación. Entonces, si la muerte es privarnos de sentir y la vida es justamente poder sentir, ¿por qué motivo temer a la muerte, si cuando existimos no está presente y cuando está presente ya no existimos y, por tanto, no la sentimos?” Palpable o no, ella asusta y traiciona. Hoy te deja vivir y mañana te quita el aliento. Lo cierto es que hay que enfrentarla sin predecesores, es el único trámite que exige ser vivenciado por uno mismo, pues no se puede contratar a alguien para que muera por ti.
Por siglos ha sido nombrada y después de Jesús es la más famosa, no hay quien la desconozca, en el Norte o en el Sur todos la esperan, todos la lloran.
Ella se ríe de nosotros, se siente importante y superior, además con el derecho de arrebatarnos todo. Goza de nuestros afanes por el tiempo, del correteo al ritmo de los demás, de la sumisión para recibir órdenes, el trabajo bajo presión, del pasar allí y acá sin sentir el soplo de la vida, de la ingratitud y el desconsuelo. Sólo sabe arroparnos en su intriga, se convierte en la amiga fiel que tarde o temprano nos visita.
Es astuta, suspicaz, hábil. Logra ser tan visible como su nombre, pero invisible como su origen, su creador. Si aparece en nuestros sueños es la más rapaz de las pesadillas, se convierte en un infierno. Pero… ¿por qué temerle? Si ella es “un dormir eterno sin sueños”.
No sabremos con claridad qué es la muerte hasta llegar a ella, pero por ahora sólo queda esquivarla en el diario vivir, pasarla desapercibida y seguir en el juego del gato y el ratón, para que cuando sea oportuno cenar, ella tenga el banquete completo y éste haya pasado sus etapas de cocción.

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